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Mormones e Infierno tradicional cristiano

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¿Por qué los curas ya no amenazan con el infierno ? .... es el título de un magnífico artículo periodístico publicado ayer en el diario El País, de España.

En este artículo podemos ver, de forma independiente de cualquier religión, una opinión equilibrada y en contexto histórico,  de cómo se ha tratado el tema del infierno en las diferentes Iglesias cristianas tradicionales.

Precisamente, esta rectificación a que se alude en el artículo, con respecto a la visión del infierno tradicional que está cambiando en todas las Iglesias cristianas, hace más fuerte la posición de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, por dos motivos.  

Primero, porque estas rectificaciones de tanto calado doctrinal, testifican que hubo una Apostasía completa de las sencillas verdades del Evangelio de Cristo y que por ello, era necesaria la Restauración de la verdad por el propio Jesucristo, a través de profetas modernos.  

Segundo, porque estas rectificaciones se acercan a las doctrinas enseñadas por la Iglesia de Jesucristo, lo que da más importancia a la obra de la Restauración.

Ya he hablado en varias ocasiones sobre el infierno, pero si quieren repasar el artículo siguiente, explicaba la verdadera naturaleza del mismo con el apoyo de la Biblia, en su correcta interpretación.


https://mormondefender4biblia.blogspot.com/2016/06/mormones-e-infierno.html



Aunque en este caso concreto se cambia el horrendo sufrimiento eterno de la humanidad por su completa desaparición, por lo menos es algo mas piadoso que ese horrible dolor eterno, pero no coincide con nuestra doctrina de los Grados de Gloria que también comenté en otro artículo,


https://mormondefender4biblia.blogspot.com/2017/01/mormones-salvacion-y-condenacion.html


Así es que aquí pueden leer doctrinas, historias e interpretaciones que pueden coincidir mucho más con la doctrina sud/lds, ya que gracias a la revelación moderna, se ha podido comprender el propósito de la vida, el plan de salvación, la Expiación de Cristo y los reinos de Salvación que Dios preparó para todos sus hijos que han vivido, viven y vivirán en esta Tierra.

Y el porqué se está cambiando, es lógico, ya no existe el poder absoluto religioso, ni el fanatismo, ni la tradición se impone a las Escrituras, todo originado por la Apostasía, o pérdida de la verdad, que a través de los siglos, se impuso una interpretación errónea de la Biblia, junto con las tradiciones humanas y el poder absoluto, lo que hizo del uso del miedo una forma de control sobre todas las personas, pues les resultaba mas fácil asustarlos que motivarlos a creer las simples y hermosas verdades que Jesucristo enseñó.

Espero que lo disfruten. Que Dios les bendiga a todos.




Por qué los curas ya no amenazan con el Infierno

Francisco dijo a un periodista italiano que el Infierno no existe y se desató la polémica. El debate lo cerró en 1999 Juan Pablo II: “El Infierno no es un lugar, sino la situación de quien se aparta de Dios”



Detalle del Juicio Final en la Catedral de Florencia.


Erasmo perdía la paciencia ante las interminables disputas de decenas de teólogos (teologuchos los llama en Elogio de la locura) reunidos para discutir sobre si era pecado menos grave matar a un millar de hombres que coser en domingo el zapato de un pobre. Con el tiempo, surgieron dilemas más paradójicos, como la muy moderna sutileza en torno al vicio de fumar. ¿Se puede fumar mientras se reza? Qué irreverencia. ¿Y rezar mientras se fuma? Eso sería un acto de piedad. En cambio, ni en tiempos de Erasmo, Lutero o Ignacio de Loyola, quinientos años atrás, ni en los siglos posteriores, se discutió sobre la existencia del Infierno, el Cielo, el Purgatorio o el Limbo.

Habrían sido herejías insoportables. Sin embargo, lo impensable ocurrió el verano de 1999 cuando Juan Pablo II corrigió el Más Allá de manera solemne. El Cielo, dijo el Pontífice polaco, no es "un lugar físico entre las nubes". El Infierno tampoco es "un lugar", sino "la situación de quien se aparta de Dios". Y el Purgatorio es un estado provisional de "purificación que nada tiene que ver con ubicaciones terrenales”.
Lo curioso es que una corrección que resultó pacífica cuando la predicó el conservador Juan Pablo II se ha vuelto escandalosa 18 años más tarde cuando la reitera, sin darle importancia, el papa Francisco, argentino y jesuita. Lo hizo la pasada Semana Santa en declaraciones al fundador del periódico italiano La Repubblica, Eugenio Scalfari. Preguntado por qué pasa con las almas de las personas pecadoras cuando mueren, contestó: "No son castigados. Aquellos que se arrepienten obtienen el perdón de Dios, pero aquellos que no se arrepienten y no pueden ser perdonados desaparecen. El infierno no existe, la desaparición de almas pecadoras existe".
Desde entonces, no paran de escucharse execraciones contra Francisco, en boca de católicos puristas, pero también desde la Curia romana y entre cardenales, tachándolo, como poco, de hereje o masón. Incluso la oficina de Prensa del Vaticano le ha rectificado con el argumento de que Scalfari, el periodista más respetado en Italia a sus 94 años, con quien Francisco gusta de conversar durante horas, había transcrito inadecuadamente las palabras del Papa. “Los entrecomillados que aparecen no se deben considerar como una reproducción fiel de las palabras del Santo Padre", decía su comunicado.
Esta aclaración no evitó la catarata de críticas. Ningún pontífice ha recibido tantas execraciones, ni había sido tratado con menos respeto, quizás desde Pío IX, el papa que proclamó el 18 de julio de 1870 el dogma de la infalibilidad y condenó más tarde, con furia de sicópata, todas las ideas que se estaban abriendo camino a finales del siglo XIX, entre otras, el liberalismo, el naturalismo, el socialismo y la autonomía de la sociedad civil.





“El infierno son los otros”

El mundo ha soportado muchos infiernos desde Pío IX, como dos guerras mundiales y varios holocaustos, el más terrible el perpetrado por los nazis contra los judíos. “El infierno son los otros”, escribió el existencialista Jean Paul Sartre en 1944, en A puerta cerrada. Sea como fuere, la predicación de Juan Pablo II, pese a parecer una radical revisión del Más Allá, apenas excitó la imaginación de unos pocos articulistas. Los teólogos avisados ni se inmutaron. Hacía años que la nueva escatología se había abierto paso sin alboroto. Numerosos pensadores cristianos, entre ellos los españoles Juan José Tamayo y José María Castillo, esgrimieron entonces la larga relación de autores que proclamaron en los años sesenta, tras el Concilio Vaticano II, lo que predicaba en 1999 Juan Pablo II. Entre los más influyentes destacaban Hans Küng y Hans-Urs von Balthasar. Esto escribió Küng en 1975, en su libro Ser cristiano: “No se puede hoy, como en los tiempos bíblicos, entender el firmamento azul como la parte exterior del salón del trono de Dios, sino como imagen del dominio invisible de Dios. El Cielo de la fe no es el cielo de los astronautas. No es un lugar, sino una forma de ser. Tampoco debe entenderse el Infierno como un lugar del mundo infraterrestre, sino como una exclusión de la comunión con Dios".
Diarmaid MacCulloch, el gran historiador de Oxford, certificaba así la normalidad con que habían sido arrojados por la borda, incluso en la religión más tradicional, tan fundamentales aspectos del pasado cristiano. Lo hizo en su imponente Historia de la Cristiandad, publicada en España en 2011 con una subvención del Ministerio de Cultura: “La baja más llamativa del siglo pasado ha sido el Infierno. Se ha caído de la predicación o de gran parte de la preocupación popular cristianas, primero entre los protestantes y, a continuación, entre los católicos, que también han dejado de prestar atención a ese otro aspecto de la doctrina occidental que parecía corrosivo en la Iglesia Latina en vísperas de la Reforma, el Purgatorio”.

Acosados por la ciencia y las encuestas

Si todo era tan evidente, ¿por qué se revisó tan tarde la doctrina oficial sobre el Más Allá? La primera razón tiene que ver con el acoso de la ciencia. El Vaticano no quiere repetir la amarga historia de Giordano Bruno o Galileo Galilei. Otro motivo son las estadísticas: el 60% de los católicos cree en Cristo, pero no en el Infierno ni en el Paraíso. Por último, era una exigencia del Concilio Vaticano II: poner al día la interpretación que en el pasado se hizo de los textos sagrados. La palabra es aggiornamento, la preferida del mítico Juan XXIII.
La nueva escatología puso patas arriba la interpretación clásica de los textos sagrados, en especial la proclamación de santo Tomás de Aquino, suma teológica del catolicismo, que entre los placeres de los que van al Cielo colocaba, además de la visión de Dios, el poco cristiano deleite de la contemplación de los sufrimientos a que están sometidos los arrojados al Infierno. En la literatura, el ejemplo más colosal es La divina comedia, donde Dante, gran tomista, con fruición vengativa, se regodea citando por el nombre a sus paisanos arrojados a la "región de los condenados" por ladrones, usureros, alcahuetes o traidores. En el cine, destaca el humor con que Woody Allen se toma en Desmontando a Harry su descenso a los infiernos para toparse, entre otros atormentados, con el carpintero que inventó los muebles de metacrilato. Bromas aparte, esto afirma el teólogo capuchino Martin Von Cochem, más exaltado que el sabio de Aquino: para fijar la altura de las llamas del Infierno, advierte del hecho de que su fuego es más tórrido que el terrenal porque sucede "en lugar cerrado", "se alimenta de pez y azufre" y porque “es Dios quien lo sopla”.
Lo cierto es que el castigo eterno más terrible que se pueda imaginar ha sido la línea argumental de los 1.500 catecismos que se han enseñado a los niños en todos los idiomas, durante siglos, en los que la amenaza del Infierno y el premio del Cielo eran piezas fundamentales para promover la fe cristiana. En la España nacionalcatólica, el más famoso fue el del jesuita Gaspar Astete (1537-1601). “El Infierno de los condenados es el lugar adonde van los que mueren en pecado mortal, para ser en él eternamente atormentados; el Purgatorio es el lugar adonde van las almas de los que mueren en gracia, sin haber enteramente satisfecho por sus pecados para ser allí purificadas con terribles tormentos, y el Limbo de los niños es el lugar adonde van las Almas de los que antes del uso de la razón mueren sin el Bautismo”, describe.

“El Dios de los infiernos no puede ser verdad”

Contra esta exaltación del castigo extremo y eterno, incluso para recién nacidos, se alza la predicación de Francisco colocando la misericordia como el gran acontecimiento de su pontificado. “Si existiera el Infierno, el que no puede existir, ni ser verdad, sería Dios. El Dios del infierno no puede ser verdad", sostiene José María Castillo, ex jesuita y amigo del papa argentino. Invitado como experto a la Semana Bíblica sobre la Muerte, celebrada en Montefano (Italia), Castillo añade: “Si el infierno eterno solo tiene la finalidad de hacer sufrir, cae el principio de que Dios es Bueno. El Dios-Bondad sería, en realidad, el Ser más cruel y vengativo que se haya podido inventar”.
En sociedades que repugnan de condenas perpetuas aunque se digan “revisables”, como ahora en España, la frase de Francisco al periodista Scalfari —“Nadie se condena para siempre”— tiene todo el sentido. En la misma línea justifica Von Balthasar su afirmación más tajante: "El infierno no existe o está vacío”. Aún más. El teólogo dominico Yves Congar, uno de los artífices intelectuales del Vaticano II, creado cardenal en 1994 por Juan Pablo II cuando ya había cumplido 91 años, remachó el argumentario de manera tajante: “Si Dios fuera capaz de condenar siquiera a una sola de sus criaturas al fuego eterno, sería el ser más rencoroso del Universo”.

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El miedo y la venta de indulgencias

La supresión del Infierno también afecta a obsesiones eclesiales clásicas e, incluso, a dogmas. Pero los eclesiásticos se han ido acostumbrando. Solo dos ejemplos. La cremación o incineración complica la idea de la Resurrección tal como la define el concilio de Letrán en 1215 (“Resucitarán con el propio cuerpo que ahora llevan”); y si el Cielo no es un lugar, qué hacer con la celebrada Asunción de María, la madre de Jesús, “llevada al Cielo en cuerpo y alma después de terminar sus días en la Tierra” (dogma de fe proclamado por Pío XII en 1950).
Pero la reprobación mayor se produce contra la escatología apocalíptica, tenebrosa y vengadora (infernal) que tantos frutos ha dado a la Iglesia romana. Sin Infierno, se acaba el abuso del miedo a una condenación eterna y se caen del púlpito los predicadores de catástrofes a los que se refirió Juan XXIII en su famoso discurso ante el Vaticano II. “La Esposa de Cristo [la Iglesia] prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad”, proclamó allí.
Además, está la cuestión del dinero, tan católico (como dice el dicho popular). Con motivo del quinto centenario de la publicación por Lutero de sus famosas 91 Tesis, se ha escrito mucho sobre la irritación del monje agustino contra Roma por la avaricia con que el Papa predicaba la necesidad de que sus fieles comprasen cuantas más indulgencias mejor si querían “salir cuanto antes del fuego del Purgatorio”. En realidad, la campaña recaudatoria no tenía otro fin que gastárselo en Roma en lujos, vicios y una interminable construcción de la Basílica de San Pedro, que debía ser siempre la mayor del orbe católico.
https://elpais.com/politica/2018/06/18/sepa_usted/1529308131_673715.html

Mormones y Trinidad 2


Uno de los temas mas importantes de la cristiandad es la doctrina de la naturaleza de Dios, la mayoría acepta la Trinidad del siglo IV como la única verdad al respecto.

Nosotros, como santos de los últimos días, creemos en la unidad de Dios en propósito y obra, pero la separación en naturaleza, como creo que demostré con la Biblia en una articulo anterior

http://mormondefender4biblia.blogspot.com.es/2014/01/la-trinidad-mito-o-realidad.html

Considero muy importante esta doctrina, por dos motivos, primero porque para obtener la vida eterna, debemos conocer a Dios y a Cristo, y por ello es imprescindible conocer la naturaleza de Dios y de su Hijo Jesucristo.

Juan 17

Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.

Y también porque la mayoría de las iglesias cristianas consideran que los que no creen en la Trinidad Nicena no son realmente cristianos, cuando debería ser todo lo contrario, pero esta ideología ha arraigado muy fuerte entre los cristianos, por lo que muchas veces dudan de que seamos cristianos, cuando es, justamente, todo lo contrario.

Por ello, y realzando lo absurdo de esta doctrina herética, les adjunto un extracto de un libro del famoso y reputado sacerdote, filósofo y escritor Hans Küng, que explica perfectamente que esta doctrina no es ni Bíblica ni cristiana.

Espero lo disfruten.



No hay doctrina de la trinidad en el Nuevo Testamento. Si bien abundan las fórmulas triádicas, sin embargo, en todo el Nuevo Testamento no hay ni una sola palabra acerca de una ‘unidad’ de estas tres magnitudes altamente distintas, de una unidad en un igual plano divino. Cierto que hubo una vez en la primera carta de Juan una frase (Comma Johanneum) que, en el contexto de espíritu, agua y sangre, mencionaba a continuación al Padre, la Palabra y el Espíritu, que serían uno. Sin embargo, la investigación histórico-crítica ha desenmascarado esta frase como una falsificación nacida en el norte de África o en España en siglo III o IV, y de nada sirvió a las inquisitoriales autoridades romanas su empeño en defender todavía a principios de este siglo como auténtica esta frase.

¿Qué otra cosa significa esto en palabras llanas sino que en el judeo-cristianismo, incluso en todo el Nuevo Testamento, existe la fe en Dios el Padre, en Jesús el Hijo, y en el Espíritu Santo de Dios, pero que no hay una doctrina de un Dios en tres personas (modos de ser), una doctrina de un ‘Dios uni-trino,’ de una ‘Trinidad’?

 Pero ¿cómo entiende el Nuevo Testamento la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo? “Para darnos a entender la relación de Padre, Hijo y Espíritu no hay en todo el Nuevo Testamento otra historia mejor que aquel discurso de defensa del protomártir Esteban que Lucas nos ha transmitido en sus Hechos de los Apóstoles.

Esteban tiene una visión durante ese discurso: ‘Lleno del Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: ‘Veo el cielo abierto y a aquel Hombre de pie a la derecha de Dios.’ Aquí se habla, pues, de Dios, del Hijo del Hombre y del Espíritu Santo. Pero Esteban no ve, por ejemplo, una divinidad trifacial y menos aún tres hombres de igual figura, ni un símbolo triangular, como llegará a utilizarse siglos más tarde en el arte cristiano occidental. Más bien:

– El Espíritu Santo está al lado de Esteban, está en él mismo. El Espíritu, la fuerza y poder invisibles que proceden de Dios, lo llena por completo y le abre así los ojos: ‘en el espíritu’ se muestra a él el cielo.

– Dios mismo (ho theós ‘el’ Dios a secas) permanece oculto, no se asemeja al hombre; solo su ‘gloria’ (hebreo ‘kaboda’, griego ‘doxa’) es visible: esplendor y poder de Dios, el resplandor que proviene por completo de él.

– Jesús, finalmente, visible como el Hijo del Hombre, está ‘a la derecha de Dios’: esto significa en comunidad con Dios, en igual poder y gloria. Como Hijo de Dios elevado y recibido en la vida eterna de Dios, él es vicario de Dios para nosotros y, a la vez, como hombre, el representante de los hombres ante Dios.

De todo esto debería desprenderse con claridad que la cuestión clave sobre la doctrina de la Trinidad es, según el Nuevo Testamento, no la cuestión declarada como ‘misterio impenetrable (misterium stricte dictum) de cómo tres magnitudes tan distintas pueden ser ontológicamente uno, sino la cuestión cristológica de cómo hay que expresar según las Escrituras la relación de Jesús (y en consecuencia también la del Espíritu) con Dios mismo.

Ahí no es lícito poner en tela de juicio ni por un instante la fe en el Dios uno, que el cristianismo comparte con judíos y musulmanes: fuera de Dios no existe ningún otro dios… El principio de unidad es para el Nuevo Testamento, como para la Biblia hebrea, el Dios uno, (ho théosel Dios=el Padre), del que todo procede y hacia el que todo se dirige.

Si se quisiera enjuiciar a los cristianos anteriores a Nicea desde la vertiente del concilio de Nicea, entonces no solo los judeoscristianos, sino también casi todos los padres de la iglesia griegos serían herejes porque ellos enseñaban como obvia una subordinación del ‘Hijo’ al ‘Padre’ que según la posterior medida de la definición equiparadora de una ‘igualdad de esencia’ por el concilio de Nicea es considerada como herética.

A la vista de estos datos apenas se puede obviar la pregunta: si en vez de tomar al Nuevo Testamento como medida se toma al concilio de Nicea, ¿quién había en la Iglesia antigua de los primeros siglos que fuera ortodoxo?

¿De dónde proviene en realidad esta doctrina de la Trinidad? Respuesta: es un producto del gran cambio de paradigmas, del paradigma protocristiano-apocalíptico al paradigma veterocristiano-helenista.”

Hans KüngEl Cristianismo, Esencia e Historia, Trotta, 1997, págs. 110-118.


https://es.wikipedia.org/wiki/Hans_K%C3%BCng#Biograf.C3.ADa